miércoles, 1 de marzo de 2017

El Risco de los Ahorcados. Homenaje a Bécquer


Recientemente he tenido el honor de participar en la antología de relatos del señor Nickonero (@nickonero4), junto a varios conocidos de las redes a cada cual más majo y creativo. Las narraciones eran libres, teniendo como único requisito el estar relacionadas con el divertido y familiar tema de los ahorcamientos. Así que, en parte para difundir la ya mencionada antología, maquetada e ilustrada por el todopoderoso Mariscal, y en parte para alegrar mi entumecido blog (hay entradas en camino, lo juro) os dejo mi por aquí mi cuentecillo por si queréis echarle un vistazo.
Éste pretende imitar la estructura y homenajear (sin acercarse ni de lejos a su calidad, por supuesto) a las leyendas del señor Gustavo Adolfo Bécquer, las cuales son toda una fuente de inspiración para mí. Sin más dilación, os dejo con El Risco de los Ahorcados.


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El Risco de los Ahorcados. Homenaje a Bécquer

Sancho y los bandoleros ahorcados. Grabado de Gustave Doré para una edición de El Quijote publicada en 1888.



Según me contaron, en una época remota la región en la que me encontraba estuvo regida por una serie tiranos y reyezuelos a cada cual más cruel y sanguinario. Pero, sin duda, el peor de todos fue el Señor del Risco de los Ahorcados, cuya sola mención aún hacía florar notables muecas de espanto en el rostro de aquellas gentes humildes.
Podría pensarse que este hecho no entra dentro de mi campo de estudio. Mis intereses como cronista folclórico se concentraban más bien en las historias de ánimas, espectros y aparecidos. En ese momento tenía ya, además, grandes cantidades de ellas apuntadas en mis cuadernos: el soldado sin torso que se aparecía en el río al atardecer, la bruja encadenada cuyas carcajadas resonaban durante la noche de Difuntos o el duende que perturbaba la paz de un caserón abandonado eran algunos ejemplos de la riqueza de leyendas en este territorio.
Pero, movido en parte por una curiosidad escabrosa, conseguí que la macabra y prodigiosa historia de este individuo me fuese relatada, y así la incluyo a continuación.

Contaban que aquel hombre había conseguido su fortuna y escudo de armas despachando herejes y enemigos de la corona en tierras lejanas. Que su fiereza en la batalla y falta de clemencia contra los infieles le habían granjeado una vejez dorada como gobernante de una tranquila villa. Los habitantes de ésta, sin embargo, no tardaron en descubrir que los planes de su nuevo señor eran bien distintos.
Tomó como hogar un viejo monasterio ubicado en el peñasco que dominaba el pueblecillo y que no tardó en ampliar, añadiendo torreones y elementos retorcidos que acabaron confiriéndole el aspecto de una enmarañada corona que cubría la calvicie de la montaña. Durante dicha construcción, quedó patente por primera la célebre crueldad por la que pasaría a la posteridad: nada menos que nueve obreros fueron ejecutados por no complacer los caprichosos gustos arquitectónicos del señor, y sus cuerpos expuestos como funesta advertencia, colgando de los árboles que rodeaban el risco.
Y, así, con el paso de los días, las semanas y los meses, las ejecuciones y escarmientos no hicieron sino incrementar. Colgaron primero a dos cazadores acusados de abatir una gacela que, al parecer, pertenecía al señor del Risco, nombre que comenzó a circular en la villa y territorios aledaños para referirse al despiadado gobernante. Les siguió el panadero, por envenenar supuestamente las hogazas del tirano. Tras él perecieron, también ahorcados, un alguacil, cuatro pastores, una carbonera y el cura del pueblo, al que el señor tachó de difamador, farsante y practicante de artes y magias prohibidas.
Las viejas de la época aseguraron que el señor del Risco fue más virulento que las epidemias que habían asolado aquellas tierras años atrás. Los únicos que, de hecho, parecían inmunes a esta enfermedad eran sus secuaces y lugartenientes, hombres de corazón negro y acero inquieto, que usualmente descendían el sinuoso monte, como cuervos que revolotean sobre un cadáver, para saciar su sed destructiva. Era habitual que, durante estas correrías, los ebrios esbirros del Señor del Risco quemaran alguna taberna, raptaran alguna moza (las cuales rara vez volvían y, si lo hacían, aparecían magulladas y relatando terribles historias acerca de los espantosos rituales oficiados por el tirano) o, sencillamente, probaran sus hojas contra algún infeliz que se cruzaba en su camino. Todo ello gozando de la  inmunidad tan peculiar que el miedo y la represión otorgan a sus más acérrimos acólitos.
Y es que no había más que mirar hacia el peñasco sobre el que se asentaba el siniestro hogar del señor, concretamente a los árboles que proliferaban en sus escarpadas laderas, para que a uno se le encogiera el alma y desviara temeroso la vista ante tales fechorías e injusticias. Colgando de las ramas y mecidos por la brisa, era fácil distinguir los cuerpos de las desaventuradas víctimas de los delirios del gobernante. Y fue así como el antiguo nombre de ese lugar cayó en el olvido colectivo y pasó a ser conocido como “el Risco de los Ahorcados”, denominación que conserva todavía.
Pese a que de la fortaleza sólo quedan hoy algunos muros cubiertos de maleza, yo mismo había podido observar ya, a lo lejos, lo que parecía alguna soga raída en los ya mencionados árboles, hecho que cobró un macabro sentido con esta revelación. Pero volvamos a nuestra historia.
Con el paso del tiempo, la opresión del tirano sobre la villa no hizo sino aumentar, a la par que los ahorcamientos. El monte acabó sembrado de cadáveres oscilantes, tan numerosos que chocaban entre ellos cuando el viento los zarandeaba. Así, el despiadado señor, aburrido ya de este método tan corriente, comenzó a ingeniar nuevas y truculentas formas de ejecución que no tardaría en poner en práctica.
Despedazamientos, flagelaciones, espantosos tormentos que muchos de sus vasallos acabaron sufriendo en sus propias carnes. El culmen de esta locura homicida llegó cuando, una noche, los mastines del tirano persiguieron a un muchacho que había cometido la insensatez de acercarse demasiado al hogar de tan cruel personaje y al que, tras una fugaz carrera, despedazaron en mitad de la villa. La agonía del chiquillo, al que los animales dejaron morir desangrado, se prolongó durante casi una hora,  sin que ningún miembro de la mermada población se atreviera siquiera a retirar el cuerpo después.

Pero ni siquiera esta nueva oleada de asesinatos, pues no podía denominarse de otra manera a tales maldades, consiguió aplacar la sangrienta búsqueda de entretenimiento del déspota. Frustrado y más iracundo que nunca, hizo partir a media docena de jinetes hacia las principales ciudades del país y parte del extranjero con un tétrico anuncio: aquel que ideara el más original método de ejecución sería, nada más y nada menos, que el heredero del patrimonio del Señor del Risco de los Ahorcados. Por si este reclamo no fuera suficiente, el gobernante ofrecía también la mano de su única hija, una joven ingenua cuya lánguida belleza era objeto de deseo en las comarcas colindantes.

En el término de un mes, comenzó a desfilar por las calles del pueblo una procesión insólita de bellacos, a cada cual más extravagante y siniestro. Llegó, por ejemplo, un monje loco conduciendo un carro atiborrado de máquinas descomunales y artilugios oxidados. Éstos eran vestigios de los primeros inquisidores que el religioso había reparado y modificado en pos de provocar una mayor agonía.
Había también un sicario permanentemente embozado que poseía la mayor colección de cuchillos que alguien hubiera podido portar jamás bajo sus ropajes, así como una espeluznante destreza para lanzarlos y prolongar el desangramiento de la víctima.
Un sabio encorvado por el paso de los años presentó un prototipo de artefacto capaz de retener la fuerza de los rayos de una tormenta para luego lanzarla contra el desdichado usuario del invento, que acababa literalmente chamuscado.
Sin embargo, ninguno de ellos consiguió satisfacer completamente al Señor, quien acabó eligiendo como ganador a un hombrecillo de tez mortecina que, en realidad, no parecía poseer ningún rasgo amenazador. Pero bien sabía el gobernante que los peores monstruos visten pieles de cordero, y este individuo de inofensivo aspecto lo acabó demostrando con creces.
Su origen sigue siendo motivo de debate: unos afirman que venía del sur, otros del norte y, los más fantasiosos, que había surgido del infierno mismo. Lo único que quedó recogido en las crónicas fue su profesión. Y es que aquel hombre era un verdugo ambulante que ofrecía sus servicios en los pueblos y localidades que carecían de ellos.

El verdugo presentó al señor una serie de invenciones en realidad bastante rudimentarias. Pero el tirano entrevió en ellas la demencial creatividad que tanto tiempo se le llevaba negando, e inmediatamente puso a disposición del hombrecillo un amplio taller para llevar tan lúgubre inspiración al más alto nivel de productividad. De aquella sala en la que el ejecutor trabajó sin descanso durante semanas y en la que cuentan que intervinieron todo tipo de fuerzas de este mundo y del otro, salieron invenciones que ni el menos cuerdo de los hombres habría podido incluso imaginar. Tenían éstas una belleza metálica, cortante y casi hipnótica, similar a la de las fauces de una bestia llena de hojas afiladísimas que interrumpían el flujo sanguíneo con sólo posar la vista en ellas.
Ahorraré al lector las descripciones que las buenas gentes de la villa me facilitaron acerca del funcionamiento de estas máquinas, pues bastante están ya estas páginas salpicadas de sangre y, en realidad, tampoco aportan demasiado a nuestro relato. Baste saber que el tirano se mostró encantado con estos inventos y no tardó en aprobar las nupcias de su primogénita con el verdugo.

El tiempo pasó y el nuevo heredero del señor del Risco se devanaba los sesos para proporcionar al exigente gobernante un nuevo y mortífero entretenimiento cada cierto tiempo. La salubridad mental de éste último parecía reducirse día a día, y sus peticiones eran cada vez más extrañas y fantasiosas. Daba la impresión de que el mismo demonio susurrase cada noche al oído del verdugo nuevas y más diabólicas formas de matar, pues ninguna mente mortal debería ser capaz de ingeniar terrores tan sofisticados: Desde gráciles autómatas asesinos y ruedas capaces de doblar las articulaciones en ángulos imposibles hasta un mecanismo que sorbía la sangre del condenado, que quedaba convertido en una carcasa seca, y que luego, por si fuera poco, la embotellaba como si de vino se tratase.
Y es aquí cuando se produce el punto de inflexión en la historia y las versiones difieren. Al parecer el verdugo, harto de las demenciales peticiones del no menos cuerdo señor, planeó una fuga con la hija de éste. Sin embargo, otras fuentes explican que a la tardanza del ejecutor en entregar un nuevo artefacto para sus sangrientas prácticas, llevó al tirano a la locura total. Sea como fuere, la joven, quien siempre se había mantenida lo más alejada posible de los cruentos actos de su padre, acabó acompañando a los ajusticiados del Risco de los Ahorcados en su trémula danza al son dictado por el viento.
El verdugo, sabiendo que no tardaría en correr la misma suerte que su esposa, desapareció sin dejar rastro. El colérico señor puso precio a su cabeza y envió a sus más implacables secuaces para encontrarlo, pero todo fue en vano.

Tan ofuscado se mostró el señor en hallar al inventor de tormentos que no reparó en la inusitada agitación que vivía la villa. Rumores de sublevación se susurraban en las tabernas, desaparecían hoces de los cultivos y miradas coléricas se dirigían a la fortaleza que coronaba el Risco de los Ahorcados.
Y así, una noche tormentosa en la que el cielo bramaba con furia, los aldeanos se encaramaron al peñasco al grito de ¡muerte al tirano!
Los pocos vigilantes que quedaban en el castillo, pues la mayoría se encontraban en busca del verdugo, no pudieron hacer frente a la colérica turba, y rápidamente cayeron bajo las guadañas y las horquillas. Se prendió fuego a los tapices, fueron las habitaciones saqueadas y las espeluznantes máquinas despedazadas.
Por fin, el señor del Risco fue arrinconado en una de las habitaciones, cercado por utensilios agrícolas cubiertos de sangre. El tirano, que por aquel entonces se había convertido ya en un viejecillo decrépito que apenas podía sostener una espada en sus manos tambaleante. Así que sólo pudo contemplar con espanto como la multitud se abría y dejaba paso al verdadero artífice del motín: un hombrecillo pálido de apariencia inofensiva al que la mitad de sus esbirros andaban persiguiendo muy lejos de allí.
El verdugo portaba en sus manos una larga soga que, según explicó impasible al señor, era su más elaborado método de tortura, la culminación de sus investigaciones mágicas y alquímicas y, sin duda, el peor tormento al que un hombre puede someterse.
El recién depuesto gobernante no pudo sino estallar en carcajadas. ¿Aquello? ¿Una simple cuerda era el mayor prodigio que un maestro torturador podía ofrecer? Y continuó riendo cuando fue arrastrado por el verdugo escaleras abajo, hacía los sótanos de la fortaleza, mientras los campesinos sublevados observaban impávidos como el despiadado Señor del Risco de los Ahorcados desaparecía en la oscuridad. Ecos de su enfermiza risa todavía continuaron momentos después, hasta que, por fin, se extinguieron para siempre.

Ninguno de los dos hombres volvió a ser visto en la villa, y no faltó quien fantaseó con la posibilidad de que el verdugo hubiese descendido a los mismísimos infiernos llevándose consigo al tirano.
La fortaleza fue derruida, los cadáveres descolgados y sepultados dignamente; lo único que quedó del Señor del Risco de los Ahorcados fueron macabras historias muy dignas de ser contadas alrededor de una fogata en las noches de invierno.

Sin embargo, las buenas gentes de aquel lugar me aseguraron que aún hay quien dice que, si se está lo suficientemente loco para escalar el sinuoso monte y adentrarse en los traicioneros túneles que una vez fueron los sótanos de la fortaleza del tirano, es todavía posible hacer un macabro hallazgo.
Pues aseguran que, descendiendo por una abertura oculta por pesadas losas de piedras hasta las entrañas mismas de la montaña, donde la oscuridad es tan densa que es casi tangible y la respiración se convierte en un verdadero reto, se puede encontrar una figura harapienta que cuelga de una quejumbrosa viga de madera, colgado de una cuerda en apariencia corriente. Y que si uno es capaz de ignorar el miedo y el nauseabundo olor, es posible oír el entrecortado aliento del ahorcado intentando articular una súplica: un ruego desesperado para que alguien corte la cuerda y lo libere del su sobrenatural y eterno tormento.

2 comentarios:

  1. Me guardo la entrada para leerlo con calma, que suena interesante. Y me alegro ver que tendremos entradas en camino :)

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  2. Me ha encantado leerlo. Brillante final.

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